LA EXPERIENCIA DE MORIRCuando era un adolescente, visitaba a menudo a un anciano que vivía solo muy cerca de mi casa. Mi padre se ocupaba de acompañarlo un poco en sus ratos libres, pero desde que me aficioné a visitarlo, él llegó a decirle abiertamente a mi padre, que prefería mi compañía.
Siempre tuve el don de conseguir que las personas ante mí, les diera por hablar y abrir su alma. Parece que mis palabras, muy copiosas por demás, pues soy muy conversador, tiran de la lengua a los demás como el buen vino.
Este anciano, que se llamaba Santiago, me hablaba de la muerte como lo más sublime que le quedaba por vivir. No creo que se quisiera morir, pero esperaba a la muerte con una serenidad asombrosa.
Hablo de él porque quisiera reflexionar aquí sobre el fenómeno de la muerte, que es muy interesante y curioso.
Cuando muere un ser querido, el dolor de la pérdida nos deja ciegos y no tenemos cabeza para pensar en nada. Sin embargo, es muy probable que con el tiempo, aprendamos a recibir la muerte de una manera más natural.
Todos los que hemos nacido, moriremos algún día, e incluso, podemos decir que la vida de los seres humanos es muy, pero que muy frágil, como para que vivamos obviando este suceso como si no fuera a ocurrirnos nunca, cuando la verdad es que es algo que nos ronda constantemente.
Siempre tuve el don de conseguir que las personas ante mí, les diera por hablar y abrir su alma. Parece que mis palabras, muy copiosas por demás, pues soy muy conversador, tiran de la lengua a los demás como el buen vino.
Este anciano, que se llamaba Santiago, me hablaba de la muerte como lo más sublime que le quedaba por vivir. No creo que se quisiera morir, pero esperaba a la muerte con una serenidad asombrosa.
Hablo de él porque quisiera reflexionar aquí sobre el fenómeno de la muerte, que es muy interesante y curioso.
Cuando muere un ser querido, el dolor de la pérdida nos deja ciegos y no tenemos cabeza para pensar en nada. Sin embargo, es muy probable que con el tiempo, aprendamos a recibir la muerte de una manera más natural.
Todos los que hemos nacido, moriremos algún día, e incluso, podemos decir que la vida de los seres humanos es muy, pero que muy frágil, como para que vivamos obviando este suceso como si no fuera a ocurrirnos nunca, cuando la verdad es que es algo que nos ronda constantemente.
¿Qué es morir? Está claro que para esas personas que piensan que no hay más vida después de la muerte, morir debe ser algo terrible. Sin embargo, para una persona como yo, que está convencida de que la muerte no es otra cosa que un cambio de estado, la muerte no es algo tan terrible.Desde mi concepción del mundo, una persona que muere, pierde uno de sus 7 cuerpos. Los maestros espirituales dicen que todo ser humano tiene 3 cuerpos materiales, que son a saber: el cuerpo físico, el cuerpo astral o emocional, y el cuerpo mental. Luego tiene otros 3 cuerpos espirituales que son a saber: el cuerpo búdico, el cuerpo átmico, y el cuerpo monádico. Luego, existe otro cuerpo que no es otro que el cuerpo de la divinidad, el cuerpo de Dios, o ese estado en que uno deja de ser, deja de existir como algo diferenciado del Todo, del Absoluto, para convertirse en el Absoluto, en el Todo, en Dios mismo.
Pensemos entonces en la muerte de este modo. Una persona muerte y pierde su cuerpo físico. ¿En qué se convierte? ¿En la nada? ¿Todo termina cuando te meten bajo tierra?
Muchos piensan que sí, pero desde luego, no es lo que yo pienso. Tal vez sería interesante que pensáramos que tras la muerte del cuerpo físico, dejamos de existir en este plano, pero seguimos existiendo en el plano astral o emocional, seguimos viviendo en el plano mental y en el resto de los planos espirituales. Si lo viéramos de ese modo, entonces la muerte no nos parecería algo tan tremendo.

Luego, si lo vemos como lo ven las religiones orientales, que piensan en la vida física casi como una prisión de la que cuesta horrores salir, entonces se viviría la muerte como algo menos doloroso.
Las religiones orientales dicen que las personas al morir, pasan al plano astral, que es sin dudas un plano más evolucionado que el plano físico, un plano más parecido al Cielo, al universo divino. Por tanto, nacer en el plano físico es casi como un castigo, un castigo que nos lo merecemos por los desequilibrios que hemos causado en la tierra durante nuestro paso por el planeta.
Las religiones orientales dicen que las personas al morir, pasan al plano astral, que es sin dudas un plano más evolucionado que el plano físico, un plano más parecido al Cielo, al universo divino. Por tanto, nacer en el plano físico es casi como un castigo, un castigo que nos lo merecemos por los desequilibrios que hemos causado en la tierra durante nuestro paso por el planeta.
Sin embargo, después de sucesivas venidas al calvario de la vida en la tierra, llega un momento en que alcanzamos un grado de purificación tal, que nos merecemos por fin, quedarnos a vivir en el plano astral, es decir, no nos vuelven a "castigar" con un cuerpo físico, es decir, no tenemos que nacer más.
Ya lo decía José Martí, ese gran sabio y poeta cubano, en su famoso poema Canto de Otoño: “¿Quién que vino a la tierra, vivir de nuevo quiere? También me dijo mi abuela difunta una vez: “Estar muerto, es mejor que estar vivo, pero la vida es un trámite por el que hay que pasar".
Los maestros orientales tienen una imagen muy ilustrativa y que a mí me gusta mucho para explicar la existencia en los diferentes planos. Ellos dicen que un ser encarnado en la tierra, es decir, un ser como nosotros, mira la Verdad que es Dios, con 49 velos encima de sus ojos. Es decir, nuestros ojos están casi totalmente imposibilitados para ver la luz de Dios, para entender qué es. Una persona difunta es una persona que se ha quitado de los ojos 7 de esos 49 velos. Es decir, una persona que lleva sobre sus ojos 42 velos.
Esto ténganlo en cuenta para cuando conversen con espíritus, o para cuando ustedes mismos se encuentren dormidos en el plano astral. Lo que ven desde los sueños, curiosamente, es más parecido a la realidad de Dios, que esto que llamamos realidad aquí en el plano físico. Y sepan que los muertos, es decir, los espíritus desencarnados, no son sabelotodos. Ellos saben más cosas que nosotros, pero incluso, pueden haber personas encarnadas, que sepan más de las grandes verdades del mundo oculto, que muchas personas ya difuntas.
Esos seres desencarnados, que han vivido en el plano astral o emocional, y allí han continuado su evolución como seres, pasan al plano mental después de desprenderse de sus vehículos astrales, y desde allí miran a Dios con 35 velos.
Ya lo decía José Martí, ese gran sabio y poeta cubano, en su famoso poema Canto de Otoño: “¿Quién que vino a la tierra, vivir de nuevo quiere? También me dijo mi abuela difunta una vez: “Estar muerto, es mejor que estar vivo, pero la vida es un trámite por el que hay que pasar".
Los maestros orientales tienen una imagen muy ilustrativa y que a mí me gusta mucho para explicar la existencia en los diferentes planos. Ellos dicen que un ser encarnado en la tierra, es decir, un ser como nosotros, mira la Verdad que es Dios, con 49 velos encima de sus ojos. Es decir, nuestros ojos están casi totalmente imposibilitados para ver la luz de Dios, para entender qué es. Una persona difunta es una persona que se ha quitado de los ojos 7 de esos 49 velos. Es decir, una persona que lleva sobre sus ojos 42 velos.
Esto ténganlo en cuenta para cuando conversen con espíritus, o para cuando ustedes mismos se encuentren dormidos en el plano astral. Lo que ven desde los sueños, curiosamente, es más parecido a la realidad de Dios, que esto que llamamos realidad aquí en el plano físico. Y sepan que los muertos, es decir, los espíritus desencarnados, no son sabelotodos. Ellos saben más cosas que nosotros, pero incluso, pueden haber personas encarnadas, que sepan más de las grandes verdades del mundo oculto, que muchas personas ya difuntas.
Esos seres desencarnados, que han vivido en el plano astral o emocional, y allí han continuado su evolución como seres, pasan al plano mental después de desprenderse de sus vehículos astrales, y desde allí miran a Dios con 35 velos.
Dicen que los grandes seres como Jesús de Nazaret, o Gautama el Buda, pertenecen hoy al plano búdico, es decir, son seres que miran a Dios con 28 velos. Está claro que nosotros, pobres seres que vemos a Dios con 49 velos delante de los ojos, veamos la luz y la sabiduría de Jesús o de Buda, como algo tan increíble, que no hemos tenido ningún reparo en llamarlos dioses. Pero el estudiante del mundo oculto no debe perder la perspectiva real. Un estudiante del mundo oculto debe saber que incluso estos grandes seres, no han conocido aún a Dios en su totalidad.
Cuando una persona está a punto de morir, se produce en ella un fenómeno espiritual muy curioso e interesante. Hay un momento en que la persona se desprende de la conciencia que siempre le ha acompañado a lo largo de su existencia física y viene a ella la lucidez espíritual. Llega un momento en que la persona empieza a hablar y a decir cosas raras para los familiares que lo escuchan. Muchas veces la gente piensa que es que han perdido la cabeza, pero no es así. Ellos simplemente despiertan al mundo del espíritu. Descubren quiénes han sido en su vidas anteriores, descubren quiénes fueron esas personas que lo rodean, en sus vidas anteriores, y por tanto, desde su conciencia recuperada hablan de un modo desconcertante para todos. Pero debemos escuchar con mucha atención lo que esos moribundos dicen en el momento en que despiden de los suyos, porque nos dejan mucha información interesante de ellos y también de nosotros, información que nos puede ayudar mucho en nuestras vidas futuras. Muchas veces en su palabras, podemos descifrar también nosotros el drama de nuestras vidas.
TADEO


