
LA CASA DE LOS VIDENTES
Estaba en tercer año de la licenciatura en Historia, cuando empecé a realizar entrevistas para mi trabajo de diploma, el cual llevaría por título EL ESPIRITISMO EN CUBA. Pasaron por delante de mí muchos personajes interesantes y curiosos: brujos, chamanes, adivinos, espiritistas y religiosos de todas las calañas y denominaciones.
Hoy quiero hablarles de lo que me sucedió en una de esas entrevistas.
Llamé a la puerta de Alfredo Durán Áreas, por entonces, presidente del Consejo Supremo Espiritista de Cuba. Estaba ante un gran vidente y una persona muy curiosa, porque te miraba con sus ojos escrutadores, y parecía que ya no tenías que decirle absolutamente nada sobre tu persona porque él ya lo sabía todo. Se reía de un modo muy sutil, y sus ojos parecían inyectados de información, como si en vez de escucharme a mí, le prestara más atención a los espíritus que me acompañaban.
Me dijo:
-Sé que vienes a mi casa buscando información para escribir un libro. Me están diciendo mis espíritus que va a ser una obra muy importante para tu vida, y me están diciendo que te ayude, que eres una buena persona.
Durán no tuvo reparo en responder a todas mis preguntas. La verdad es que guardo un recuerdo muy hermoso de él. Allí también estaba su señora esposa, una muy buena vidente también, la cual de vez en cuando pasaba por allí a vaticinarme cosas, en medio de las pausas que se iban dando en la conversación entre su marido y yo.
Él no sólo me hablaba de lo que yo le preguntaba, sino que también me decía lo que sus muertos le decían que me dijera:
-¿Tú has ido a España alguna vez?
-No, le respondí. Ni siquiera pienso ir, pues no tengo familia allí ni nada que se le parezca.
-Tú vas a ir a España, dijo con seguridad. Allí te sentirás como en casa porque ya tú viviste allí en una vida anterior. Tú vivirás allí porque te casarás con una muchacha española. Fíjate, lo que te estoy diciendo. No vivirás en Madrid, lo harás en un sitio más pequeño, que tiene montes y en esos montes hay unas casitas con techos a dos aguas.
Yo escuchaba todo aquello, pero no le daba la menor credibilidad. Además, mi interés era recoger la información que necesitaba y nada más.
En un momento en que Durán se fue a la cocina a hacer café, y su esposa subió a la azotea de la casa a tender la ropa recién salida de la lavadora, me dieron a mí la tarea de ocuparme de su pequeño hijo.
Aquel niño tenía unos 8 o 9 años. Su padre me dijo:
-Vigílalo un segundo, que enseguida regreso. Voy a hacerte un poco de café.
También me advirtió que el pequeño había heredado de sus padres el poder de la adivinación y la videncia.
Como para no hacer quedar mal al padre, aquel mocoso se me quedó mirando con ojos brillantes y carita de pillo y me dijo:
-Tú estás muerto.
-Yo, sin perder la compostura y creyendo saber de qué hablaba él, le pregunté:
-¿Por qué dices que estoy muerto?
-Porque estás lleno de sangre.
-¿Por dónde tengo la sangre?
-Por todo el cuerpo.
-Pues escucha lo que te voy a decir. Yo estoy vivo.
A lo que el pequeño respondió entre risas:
-Noooo, tú estás muerto, tú estás muerto¡¡¡¡
En ese mismo instante, el pequeño puso el pie sobre su patinete y se dio una caía de impresión, rompiéndose la cabeza. Comenzó a sangrar copiosamente, y yo, asustado, llamé a sus padres que enseguida lo socorrieron y se lo llevaron para el hospital.
-Tendrás que marcharte, pues ya ves lo que ha sucedido, me dijo Durán.
Pero antes de marcharme le comenté lo que el niño me acababa de decir. Entonces dijo él, es que el pequeño ha recogido una energía de muerte y de sangre que traes contigo.
LA CONSULTA DEL BABALAO
Por aquellos días, mi profesora de religión, tuvo la brillante idea de invitar a nuestra clase, en la Universidad de la Habana, a un sacerdote de Ifá, o Babalao, algo así como un maestro de la adivinación, propia de la religión afrocubana conocida como Santería. La profesora pensó que nadie como un creyente para que nos explicara todo ese mundo.
El babalao nos estuvo explicando todo lo referente a su religión y nos dijo que si alguno de nosotros deseaba consultarse con él, podía ir por su casa. Nos dio la dirección y allí estaba yo al día siguiente.
No voy a revelar todo lo que me dijo, sólo me referiré a una de sus visiones.
Me dijo:
-Tadeo, ¿tú te mueves en ambientes de personas agresivas, delincuentes, gente problemática?
-No, le respondí. Mi mundo es muy tranquilo. Vivo entre libros.
-Bueno, te lo diré porque lo estoy viendo aquí, pero no te asustes. Aquí estoy viendo una herida de arma blanca en la zona del bajo vientre.
-No se preocupe, le dije yo. Sé bien qué es lo que usted está viendo.
EL PUÑAL DE LA ESPAÑOLA
A mi esposa española la conocí por correspondencia. Nos estuvimos carteando durante dos años antes de vernos personalmente. En una ocasión, ella me envió un paquetito con una amiga que iba a visitar Cuba.
Dentro de la caja que me entregaron, venía un puñal. Ante aquel regalo tan peculiar, me quedé un poco sorprendido, así que decidí preguntarle a ella:
-Julia, ¿por qué me has enviado un puñal?
-No lo sé, fue su respuesta.
Pero unos días después, hablando con los espíritus protectores de mi casa, uno de ellos me dijo.
-Tadeo, ese puñal que has recibido no es para ti. Nosotros lo hemos mandado a pedir porque lo necesitamos para “amarrarlo” aquí, para cuando tú te vayas a vivir a España, no vuelvas a encontrar la muerte, como ya te sucedió en tu encarnación anterior.
ACERCA DE MI MUERTE
Si ya han leído mi post anterior, sabrán que en mi vida pasada decidí irme a América en busca de una mujer de la que me había enamorado. Así fue, atravesé el océano sin saber que del otro lado me esperaba la muerte.
Aquella india que amaba estaba dispuesta a dejarlo todo por mí, como había hecho yo por ella, pero en esas tribus, cada mujer desde su nacimiento, tiene destinado un hombre con quien debe casarse, y esa persona estaba celosa de mí y no estaba dispuesto a perder a su chica.
Una noche esos indios me llamaron a hablar a un sitio apartado. Me sujetaron entre varios y me clavaron un puñal en la zona del bajo vientre. Quedé allí tendido en un charco de sangre. Fin de la historia.
EL INDIO QUE ME MATÓ
Si alguna vez han tenido la idea de matar a otra persona, escuchen atentamente este relato, pues quizás le puedan dar las pautas de lo que les puede pasar.
No hay energía más fuerte que el amor. Así que yo he regresado a la tierra en una nueva encarnación y la india que amé y que me amó en el pasado, es hoy mi esposa. Con esto quiero decir que un amor puro y sincero, no puede ser destruido por la muerte. Nadie podrá retener por la fuerza, y menos con violencia, a un alma que ha decidido amar a otro.
Una tarde llegué a mi casa después de terminar mi jornada laboral y me encontré en mi habitación una gran mochila. Le pregunté a mi madre, y me dijo que había llegado a casa una mujer italiana preguntando por mí. Dijo que se estaba duchando. Y con la sabiduría de vieja espiritista de mi madre me dijo:
-Esa mujer es un indio.
Ella no sabía nada, pero había llegado a mi casa revelando a todos allí, quién había sido ella en su vida pasada.
Cuando salió de la ducha, conversamos. Me dijo que una amiga mía que había encontrado por “casualidad” en la estación de autobuses de la Habana le había dado mi dirección.
Esa noche salimos a dar un paseo. Recuerdo que nos sentamos en un parque y en algún momento de la conversación yo miré a lo lejos un instante, y cuando volví mis ojos a ella, ya no la vi, vi a un indio fuerte, corpulento, con un tocado de plumas en la cabeza.
No me sorprendí, pues tengo mucha sangre fría para estas cosas.
Aquella noche dormimos en la misma habitación, aunque en camas separadas. Como a las 3 de la madrugada, ella se despertó gritando. Encendí las luces y fui a ver qué le sucedía. Estaba sobresaltada. Dijo que había tenido una pesadilla en la que mataban a una persona y que su sangre le caía encima. Estaba claro. Yo no le dije nada, pero aquella mujer en su vida pasada había sido hombre, y había participado en mi matanza. Tal vez simplemente cumplía órdenes, pero lo cierto es que probablemente, introdujo su puñal en mis carnes, y por eso, el eco de la sangre la traía de nuevo a mí.
Se quedó en mi casa como una semana, y curiosamente, hizo más amistad con mis padres que conmigo.
El día que se marchó, mientras preparaba su equipaje, la vi sacar una flauta india típica de los indios americanos. Entonces le pregunté:
¿Qué hace una italiana con una flauta india?
-Pues mira, el mundo de los indios me gusta mucho, así que siempre la llevo conmigo.
Entonces se puso a tocarla delante de mí inundando con aquel sonido dulce y ancestral toda la estancia. Creo que mi madre vino también a verla tocar, y nosotros entre risas nos guiñábamos los ojos, y ella también sonreía, pero nunca llegó a entender lo que en ese instante estaba pasando por las cabeza de todos nosotros.
TADEO